“Para aquellos que no se muestran tal y como son”
Mario, era un joven al cual le gustaba conocer gente, culturas diferentes y vivir aventuras. Por esas y otras razones hacía tiempo que se había convertido en trotamundos, que era lo que personalmente más les divertía y satisfacía.
Aquel día, después de un largo trayecto caminando, se tumbo bajo un olivo situado en una colina y observo detenidamente la pequeña aldea que se expandía bajo sus pies. Sintió curiosidad por conocer a los habitantes de aquel lugar y decidió pasar unos días en aquella población.
Paseó y deambuló por sus calles durante varios días observando a sus gentes, a sus vecinos, sus costumbres y sus hábitos… poco a poco, se fue dando cuenta que sucedía algo extraño y curioso en el comportamiento del vecindario de aquella aldea. Todos ellos eran cordiales, amables y educados, pero a su vez, también eran fríos y distantes. Se comportaban de manera extremadamente correcta pero en realidad no se conocían en absoluto los unos a los otros, era como un gran baile de disfraces.
Todo era felicidad y jovialidad, se formulaban entre ellos preguntas de cortesía:” ¿Como va todo?, ¿Qué tal el trabajo?”y curiosamente, nadie parecía tener problemas. A Mario, aquella situación le recordó, en cierta manera al castigo de la torre de Babel, la gente no hablaba el mismo idioma, en realidad a nadie le interesaban los problemas del vecino ni cómo se encontraba de salud; las preguntas se formulaban al aire, sin espera alguna de respuesta, puesto que éstas no interesaban. Todo era aparentemente, perfecto.
Hubo una mañana, en la que Mario no le quitaba ojo a una joven y la observaba desde una esquina de la calle. Ella, tenía la ventana de su casa abierta. Era una hermosa y risueña muchacha que ya había visto varias veces por el pueblo. Parecía cansada. Mario pensó, que tal vez a causa del calor del verano, esa noche no habían dejado descansar lo suficiente la moza, y por ello, tenía aquel aspecto. Aún así, se quedo ensimismado viendo como peinaba su larga cabellera color azabache y cuidadosamente se iba acicalando. De pronto, presencio algo que lo dejo atónito; ella cogió una máscara y la puso justo encima de su bello rostro. En aquella máscara se reflejaba una amplia sonrisa, enseñando permanentemente unos dientes como perlas y unos risueños ojos verdes, los cuales no parecían conocer la tristeza.
Mario no salía de su asombro. ¡Todo era falso! ¡Todo era una gran mentira! Los vecinos de aquella aldea, fingían una falsa realidad.
Aquella noche, decidió poner fin a aquel baile de disfraces. Entró a todas y cada una de las casas, robando las máscaras y los disfraces de todos los vecinos.
Al dia siguiente, las calles permanecían desiertas, nadie quería salir de casa sin su máscara. Sus habitantes estaban alarmados y no querían mostrarse al mundo tal y como eran en realidad, con sus defectos y sus problemas.
Al tercer día, empezaron a salir de la seguridad de sus hogares tímidamente y comprobaron que todos los vecinos se encontraban en la misma situación.
No sabían cómo reaccionar ante tal circunstancia, ya que nadie estaba dispuesto a reconocer que cada día utilizaba una máscara. De esta manera, poco a poco, se fueron conociendo los unos a los otros como eran en realidad: sus rostros, sus problemas, sus inquietudes y porque no, sus alegrías.
La hermosa y risueña muchacha pudo admitir, sin ningún pudor, su homosexualidad. El ama de casa, felizmente casada con un ejecutivo de alto prestigio, escapo de su prisión, en la cual sufría malos tratos. El anciano que se sentía sólo conoció a otros ancianos en su misma situación. Y así, sucesivamente, se fueron destapando todas las realidades, para descubrir una nueva que no tenía porque ser, ni mejor ni peor, pero si al menos real. Se dieron cuenta, que no servía de nada, meter la cabeza en el agujero como las avestruces, que era mejor mirar la realidad de frente, sin máscaras y poderla combatir sus temores, si hacía falta, apoyándose los unos en los otros.
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